A MODO DE INVENCIÓN. PRESENTACIÓN



A nadie está permitido permanecer ocioso

A lo largo de mi vida, me he topado varias veces con esta frase en diferentes contextos. Siempre me he preguntado por su significado, por las posibles interpretaciones que encierra una sentencia tan potente y “moderna”, en un sentido filosófico. ¿Fue revolucionaria, una llamada al orgullo del trabajo (ese lastre del proletario) con el que tomar conciencia de la lucha social contra el explotador? ¿Estuvo en boca de un antiguo patrón que, gritando a pleno pulmón a sus empleados, les apremiaba a producir más y mejor? ¿La pronunció un político conservador refiriéndose a la iniciativa individual como causa de la riqueza colectiva? ¿Un pastor religioso (qué religión da igual) interpretando un pasaje y masticándolo para sus fieles? O quizá un poeta guerrero exhortando a la guerra o la invasión. Un colonialista exigente; un sabio anacoreta exhausto y de vuelta, repentinamente enamorado…

Lo interesante, siempre me ha pasado, son las invenciones que conlleva. Como quien repara en alguien determinado por la calle e imagina su vida (su infancia, su cocina, sus drogas), o despierta a medianoche tras un hermoso sueño y susurra bajo la sábana posibles interpretaciones, así este blog fue creado mediante inventivas a mí mismo: no seas retrógrado (¡no en todo!), tienes que disciplinarte (¡de vez en cuando!), aprende a manejar el ordenador (es tu segundo cerebro, un jefe dixit). Aunque la razón definitiva se la escuché a ella:”Compartir es vivir”.

Comparto pues estos escritos míos. Yo, que no he visitado muchos blogs (ocasionalmente de amigos o de cocina), que nunca he escrito un comentario en ninguno de ellos, quien no ha escrito a tecla sus poemas y relatos hasta hace pocos meses, no quisiera que vosotros, posibles lectores, fuerais como fui hasta ahora, hasta este agosto de 2010. En Granada. Y como en toda negación hay un aserto, sí quisiera hacer de este blog una cosa-pública (res publica) de aquello que vengo escribiendo últimamente, relatos sobre todo, invenciones que sugieran ser un mundo en sí, expresión del cóctel que es Rubén de Vera y expuestas, por tanto, a nuevos ingredientes y combinaciones.

Que me encantaría que me leyerais y me comentarais, vaya.

Un saludo

martes, 20 de diciembre de 2011

Dolor de Jazz (Final)


Tercera dosis (y final)

             Empiezan los aplausos, al principio de celebración, poco después demandantes. Quieren más y lo quieren pronto, así que alguien grita “¡bebida para los músicos!” y apenas un minuto más tarde, entre dudas de éstos de si quedarse o no en el escenario, llegaron como por milagro seis vasos de ginebra para repartir. Habrá más.

-         ¡Cojonudo! Ya verá usted, ya

            Tras una breve charla, los músicos concuerdan en terminar con un bis que ponga guinda al grado de satisfacción que tienen en sus caras, y a juzgar por los grandes sorbos que le dan a los licores, parece que se van a atrever con algo bueno de verdad. Pocos primeros compases son tan conocidos. Tocado a un ritmo endiablado, el So What del Kind of blue de Miles Davis dura apenas diez segundos, los justos para que el escuchante alce las cejas reconociendo para perderse luego en un solo del saxo alto que revienta la armonía natural. Escalas ascendentes, descendentes, silencios rotos por escalas a lomos de un caballo sin rumbo conocido y con pies de graves y platillos, hacia la libertad. Tras 5 minutos, varias entradas y salidas de instrumentos, el rechazo de una cerveza, Álvaro Fúster reacciona y poco a poco le regresan las arrugas que marcan la expresión.

-         ¡Parecen gimnastas!

            Luciano se frota las manos inquieto pero con entusiasmo, se siente bien en compañía ahora que tiene un respaldo. De repente, ya no está enfadado, no encuentra el malestar que pocos minutos antes sentía hacia la música de esta noche, la afrenta que supone llamar jazz a lo que a él le parece ruido y técnica, poco más que virtuosa. Así mira Luciano al extraño policía que le acompaña en lo que antes era un naufragio, ahora una simple cuestión de gustos, un desacuerdo en los nombres. Pero el tal Fúster ha adoptado una postura y una mueca de alarma, está atento a la música a la vez que repara en la reacción del público. Le espeta a Luciano:

-         ¿Ha hablado con el encargado?
-         Sí, le pedí una hoja de reclamaciones, pero no me la quiso dar. Me decía que no estaba para tonterías, y en verdad estoy pensando que…
-         Para empezar, tienen obligación de darle una hoja de quejas. Luego ésta la desestima o no la institución correspondiente, que es quien tiene la autoridad
-         Ya bueno…
-         Vamos a hablar con el encargado

            Lo dice mientras gira el cuerpo en dirección a la barra. Éste está imparable, piensa Luciano, y lo que ahora pase es irreversible. Le señala quién es el encargado.

            Es moreno, bajito, barrigón.

            “Bona nit. ¿Es usted el encargado?” Fúster, “sí, yo soy, ¿qué desea?” el otro, “verá, yo no he venido a este club a escuchar esto” Fúster, “¿no le gustan? pues esto está a tope, la gente no para de pedir, ¿una copita?” el otro, “son impecables, no digo que no, pero no es…” Fúster, “¿entonces? hombre, esto suena fenomenal, mire el ambiente, ¿qué beben?” el otro, “no es lo mismo la cumbia que el bolero, la música andalusí que la egipcia, ya me entiende, o tal vez no” Fúster, “(…)”, el otro, “pues eso; aquí mi amigo y yo amamos venir a un concierto y saber qué vamos a escuchar, ¿o es igual la polifonía renacentista que Wagner?”, Fúster, “pero…pero…¿y para eso viene la policía?. ¡Ah, mierda!”, el otro, “así que le han advertido. Pues hoy soy musicólogo, solo eso, pero pienso denunciar al local” Fúster, “mi...”, el moreno, “por distorsionar la convivencia armónica” Fúster, “er…” el bajito, “dar notas difusas” Fúster, “da…” el barrigón, “y no respetar los contratiempos” Fúster. “¡Mierda!”. El encargado.

-         ¡Póngame a mí ese whisky! –Ramón

            Luciano, que había asistido a la conversación con las manos unidas y hacia el suelo, como rezando para abajo, se ve a sí mismo siguiendo al extraño policía hacia la salida. No se cree lo que está pasando, pero marcha con convicción. El encargado, asombrado, pasmado, fascinado, impresionado, conmovido, sobrecogido, estupefacto, se gira botella en mano hacia el único cliente en la barra que lo mira socarrón, irónico, punzante, festivo, acodado.

-         ¿Pe…pe…pero ha visto usted?
-         He oído a medias, y suficiente.
-         ¡Van a denunciar porque esto es free jazz! ¡free jazz!
-         Además de insoportable. ¿De verdad le gusta? ¿Cuándo lo escucha? ¿Y cómo? ¡Vamos ese chupito, encargado! Esos dos dicen que no es jazz, bien, a mí me la pela pero hoy estoy con ellos, fíjese. ¿Usted cree que los músicos se escuchan entre si? ¡Ja! (Lingotazo) ¿Dónde está la comisaría más cercana?

            Y así es como pocos minutos después, en la comisaría de policía sita en Vía Laietana, un policía sentado en el mostrador, paulatinamente contrariado por la extraña denuncia que dos hombres, entre ellos un policía de otro distrito, quieren interponer por estafa, pregunta a un recién llegado que a ver él qué quiere denunciar.

-         ¡Esto no es jazz!



FIN

 El autor recomienda encarecidamente escuchar
free jazz durante la lectura de este texto y siempre

domingo, 11 de diciembre de 2011

Aquella noche


Había pasado varios años (siempre demasiados) de andar sucumbiendo a razones prácticas para hacer las cosas. El trabajo, soportando a jefes futuros golfistas (los más), y lectores de poetas sensatos y conformes con todo verso endecasílabo (los menos). La edad adulta, cuando una vaga memoria del compromiso le hacía acordarse de sus amigos y exnovios y horarios, de su buena suerte. Había cotejado las causas y los azares, las contras y las derivas. Redujo la piel a pigmentos, el barco a timón, a montura el caballo. La vida, esa emoción teórica como una razón práctica.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Dolor de jazz (3)


Tercera dosis (1ª Parte)

Hay gente a la que le ocurren cosas. Cosas. Regularmente se ven inmersos en situaciones en las que su voluntad no adquiere importancia. Encontrar una gorra tirada en la arena a las 4 de la tarde en un paseo por la playa, la aparición de un coche con una antigua amiga dentro dispuesta a recogernos en autostop en un lugar inhóspito, un cielo despejado que coincide con el día libre de trabajo tras una semana de lluvia. Aunque tales situaciones son, en ocasiones, desagradables. No se trata, entonces, de gente afortunada ni destinada a vestir un pareo durante toda la vida. Esta gente no es mejor cuando las coincidencias son prósperas, ni tampoco peor cuando el azar juega malas pasadas. Pero por el contexto en el que están, por el entorno en donde trabajan o los vecinos que tienen, esta gente, haciendo lo que hacen, opinando lo que opinan, siendo como son, destacan. Les ocurren cosas. Hay que estar haciendo autostop en una carretera secundaria en Asturias para que azarosamente una examiga te recoja y así vuelvas felizmente a tirártela. Somos gente que al hacer lo que hacemos, algo no se queda indiferente. En mi caso, soy un melómano y hago de policía, así en ese orden. A veces en mi profesión me ocurren cosas que fomentan mi amor por la música, otras que provocan mis dudas.

De éstas últimas, baste solo mencionar que soy poli de oficina y que, tras años de soportar un hilo musical estridente tipo 40 principales o excesivamente ñoño (que ya es decir) como el de Kiss FM, desistí de mi empeño en educar el oído de mis compañeros y superiores, aunque compartíamos ocho horas casi a diario. Empeño que me valió más de un adjetivo calificativo por parte de mis colegas. Sin embargo,  la historia que voy a relatar pertenece al grupo de las buenas historias, las que deben ser contadas.

Terminado el turno de tarde, me duché en la comisaría y me cambié de ropa. Me retrasé cenando en el Amics, un restaurante cuyo ambiente informal escondía una delicadeza inusual en el trato, tan familiar, y en el respeto por los alimentos. Los “espárragos hervidos 6 minutos sobre un lecho de arroz basmati y verduras contenido en una hoja de col tibia”, o plato número 13 para la comanda, fue un plato delicioso y el principal. Antes, una “ensalada colorista de verduras de temporada” y después un postre ligero de tarta de calabaza. Me encaminé al Day Jazz, un pub en el Gotic de música vanguardista y repleto de buena gente pasional y pacífica. Por eso iba a ser muy extraño para el portero del local ver una placa de policía y una mirada seria que advertía: “estoy trabajando en un caso”. Tantos policías lo hacían en muchos locales nocturnos para ahorrarse, al menos, la cola y la entrada; yo procuraba no abusar, pero en un lugar como el Day Jazz, bah, no les suponía nada.

A pocos pasos para llegar, a la altura de la Rambla en su entrada hacia Plaza Real, escuché a un hombre hablando consigo mismo y lo vi haciendo aspavientos a un coche de policía que pasaba lejano. Le pregunto qué le pasa.

-         ¿Le ocurre algo?
-         Necesito dar con la policía o encontrar un taxi para ir a la comisaría

No parece descontrolado, ni mucho menos peligroso.

-         Pues ya ha dado con ella –le digo enseñándole la placa. ¿Cuál es el problema?
-         Venga conmigo, ahí, al Day Jazz, verá, verá. Qué suerte, así será testigo. Mire, yo  no estoy loco pero hay muchos tipos de estafas, y hoy me han estafado.
-         ¿Le han cobrado la entrada y después no le han permitido entrar?
-         No es eso, mire…
-         ¿Le han cobrado la entrada y después no han llegado los músicos?
-         Que no, escuche…
-         Vale. Cuénteme despacio
-         ¿Le gusta a usted la música? –me dice brillándole los ojos
-         Claro –sonrío más que pronuncio
-         ¿El jazz?
-         Como mínimo, todas sus décadas –sigo curioso por el asunto
-         Entonces, ¿conoce el llamado free jazz? ¿Le gusta a usted?
-         Depende. Cecil Taylor, a lo sumo, y cada mucho tiempo
-         ¡Bien! Pues venga conmigo… ¡qué suerte! Comprobará lo que le digo

Prudente, le pido que me explique el motivo de la supuesta estafa.

-         Que eso no es jazz, hombre. Yo vine a ver un concierto de jazz y me han metido a  unos tipos virtuosos y frenéticos que parecen haber pasado la infancia en un vagón de metro, mamando ruido. Que no. ¿Usted lo ve lógico? Imagine que va a un recital de poesía y se encuentra con una obra de teatro, ¿no le extrañaría? Pues imagine que desea escuchar un buen directo de, pongamos por caso, una banda rockabilly, y se encuentra con heavy metal. Que no. Eso no es jazz y por tanto es una engañifa.

            Cualquier policía más o menos veterano ya está curtido en, digámoslo así, perfiles sociológicos extramuros de la supuesta normalidad, que son, a la vez, los más estudiados y los más imprevisibles, y por ello desconocidos y poco fiables. Pero yo, melómano y policía, por ese orden, no iba a hacer caso de ninguna sociología, así que acompaño a ese hombre hasta el Day Jazz. Dada la hora, no hay cola hasta después de acabado el concierto, así que vamos directamente hacia la puerta. Yo primero.

-         Policía. Soy el sargento Fúster, mi compañero y yo estamos trabajando en un caso.
-         ¿Su compañero? Este hombre ha salido hace un cuarto de hora como una exhalación, hablando solo. ¿Qué caso es ése?
-         Necesitamos entrar en su local antes de que acabe el concierto. ¿Cuánto le queda?
-         No más de 30 minutos, supongo. Ya sabe, con el free jazz
-         ¿Lo ve? –lo interrumpe el indignado. Se ha delatado, lo ha dicho.
-         Cállate Martínez. Mire, necesitamos su ayuda, una ayuda que todos los porteros de todas las discotecas de todo el mundo saben que tienen que prestar a la policía, si no quieren tener problemas de licencia, denuncias de los vecinos, o con el consumo de drogas que se toman en todos los locales como éste. ¿Quiere interponerse en el trabajo policial? ¿qué va a hacer? ¿llamar al propietario? Usted elige
-         De acuerdo –responde el portero. No tiene que amenazarme, pero de acuerdo. Espero que no sea una costumbre. De todos modos, tome un par de invitaciones a una copa. Cortesía de la casa
-         Ahora no. Estamos de servicio

Una vez dentro, se cruzan con un hombre que sale apresurado y no reparan en
que lleva recién encendido un cigarro. Por el pasillo que conduce hacia la sala, el hombre al que habían llamado Martínez le tiende la mano al policía.

-         Luciano Gonsálvez
-         Álvaro Fúster