A MODO DE INVENCIÓN. PRESENTACIÓN



A nadie está permitido permanecer ocioso

A lo largo de mi vida, me he topado varias veces con esta frase en diferentes contextos. Siempre me he preguntado por su significado, por las posibles interpretaciones que encierra una sentencia tan potente y “moderna”, en un sentido filosófico. ¿Fue revolucionaria, una llamada al orgullo del trabajo (ese lastre del proletario) con el que tomar conciencia de la lucha social contra el explotador? ¿Estuvo en boca de un antiguo patrón que, gritando a pleno pulmón a sus empleados, les apremiaba a producir más y mejor? ¿La pronunció un político conservador refiriéndose a la iniciativa individual como causa de la riqueza colectiva? ¿Un pastor religioso (qué religión da igual) interpretando un pasaje y masticándolo para sus fieles? O quizá un poeta guerrero exhortando a la guerra o la invasión. Un colonialista exigente; un sabio anacoreta exhausto y de vuelta, repentinamente enamorado…

Lo interesante, siempre me ha pasado, son las invenciones que conlleva. Como quien repara en alguien determinado por la calle e imagina su vida (su infancia, su cocina, sus drogas), o despierta a medianoche tras un hermoso sueño y susurra bajo la sábana posibles interpretaciones, así este blog fue creado mediante inventivas a mí mismo: no seas retrógrado (¡no en todo!), tienes que disciplinarte (¡de vez en cuando!), aprende a manejar el ordenador (es tu segundo cerebro, un jefe dixit). Aunque la razón definitiva se la escuché a ella:”Compartir es vivir”.

Comparto pues estos escritos míos. Yo, que no he visitado muchos blogs (ocasionalmente de amigos o de cocina), que nunca he escrito un comentario en ninguno de ellos, quien no ha escrito a tecla sus poemas y relatos hasta hace pocos meses, no quisiera que vosotros, posibles lectores, fuerais como fui hasta ahora, hasta este agosto de 2010. En Granada. Y como en toda negación hay un aserto, sí quisiera hacer de este blog una cosa-pública (res publica) de aquello que vengo escribiendo últimamente, relatos sobre todo, invenciones que sugieran ser un mundo en sí, expresión del cóctel que es Rubén de Vera y expuestas, por tanto, a nuevos ingredientes y combinaciones.

Que me encantaría que me leyerais y me comentarais, vaya.

Un saludo

viernes, 20 de enero de 2012

Guión

Lo primero que siente el señor Francis, cara de lija, hombros caídos, algo rechoncho, con ojos de haber sido viejo desde joven, es terror al ver la nota sobre la mesa.

“Cariño, he ido al cine en el coche”

No se trata de que Marta coja el coche sin tener carné o haga demasiado frío para salir a ver una película. El miedo acompañado de un leve temblor como el del señor Francis no es carne de razón, no se adquiere a voluntad, ni pueden tamizarlo las palabras. Existe un miedo asumible que ya antes se ha experimentado: a los aviones, a nadar, a un botellazo en la cabeza. Hay miedos que son tema común hasta el punto de formar parte de la especie humana, y ni siquiera hace falta vivirlos: la muerte filial, el rechazo del grupo. Otros, como el hambre, son del reino animal. Miedos reales y mentales, vencedores y vencidos, todos son reconocibles. Pero ahora, el señor Francis siente un terror atávico no descifrable, como de reino vegetal. El horror de una manzana que se sabe devorada en la flor de la vida.

Marta ha bajado la basura.
Para Francis solo hay preparadas las mismas sobras de ayer en la nevera.

Y gira sobre sí mismo e inspecciona la casa en busca de una de esas bromas de hace tantos años. Piensa que la bañera es el lugar idóneo para reprender a Marta y luego consolarla entre vapores y desnudos, pero en el baño solo encuentra la presencia de una toalla caída al suelo. Tal vez en el estudio, donde por lógica el señor Francis menos sospecharía, ya que le tiene dicho a su mujer que él mismo ordena el papeleo del taller mecánico donde trabaja. Allí, encuentra el rastro de su mujer en forma de un libro de tamaño mediano, Ventajas de viajar en tren, de un tal Antonio Orejudo, con una ramita de lavanda haciendo de marcador de páginas, y mal colocado sobre uno de los brazos de la mecedora, a punto de caerse. En el salón hay una caja vacía de un disco de Wim Mertens (¿quién carajo?) que tiene pequeños restos de café y la oronda, inequívoca, lunar marca del culo de un vaso de licor dejado encima. El señor Francis presiona play en el equipo. Escucha diez segundos. Treinta. Un minuto. Un escalofrío le recorre la espalda. Un sudor frío le va congelando la sangre y aunque trata de acelerar el paso, sus piernas flaquean y sus pies de hierro fundido pesan como el plomo.

Ahora anda hacia el dormitorio un cuerpo rígido de brazos duros como yucas. Parece que ha encogido.

Rodea el tresillo y al ir cruzando el corredor advierte la presencia de luz tras la puerta cerrada de su habitación, la de ellos. Marta, el coche, las once y pico, todo vuelve a ser una broma un segundo, todavía no se han relajado las facciones del señor Francis cuando abre la puerta y le reciben unas braguitas dejadas en el suelo y un secador posado en la cama, deshecha y vacía como piel de serpiente.

El señor Francis se oye respirar a sí mismo. Oye sus latidos como una imposición; incapaz de interpretar el terror, un cálculo prerracional le hace acurrucarse en la cama entre colchas y almohadones. Ahora recuerda su destino. Todavía están tensos sus músculos y permanece vigilante porque tiene que asimilar lo inevitable, el dolor vegetal de haber  nacido cultivado con el fin de ser engullido en lo mejor de la divina madurez.

Cansado del trabajo, poco exigente con la vida, olvidadizo, desmemoriado, chapucero, teleherido y cenaoscuras, el señor Francis asumió la llegada de su esposa como un limón su exprimidora.