A MODO DE INVENCIÓN. PRESENTACIÓN



A nadie está permitido permanecer ocioso

A lo largo de mi vida, me he topado varias veces con esta frase en diferentes contextos. Siempre me he preguntado por su significado, por las posibles interpretaciones que encierra una sentencia tan potente y “moderna”, en un sentido filosófico. ¿Fue revolucionaria, una llamada al orgullo del trabajo (ese lastre del proletario) con el que tomar conciencia de la lucha social contra el explotador? ¿Estuvo en boca de un antiguo patrón que, gritando a pleno pulmón a sus empleados, les apremiaba a producir más y mejor? ¿La pronunció un político conservador refiriéndose a la iniciativa individual como causa de la riqueza colectiva? ¿Un pastor religioso (qué religión da igual) interpretando un pasaje y masticándolo para sus fieles? O quizá un poeta guerrero exhortando a la guerra o la invasión. Un colonialista exigente; un sabio anacoreta exhausto y de vuelta, repentinamente enamorado…

Lo interesante, siempre me ha pasado, son las invenciones que conlleva. Como quien repara en alguien determinado por la calle e imagina su vida (su infancia, su cocina, sus drogas), o despierta a medianoche tras un hermoso sueño y susurra bajo la sábana posibles interpretaciones, así este blog fue creado mediante inventivas a mí mismo: no seas retrógrado (¡no en todo!), tienes que disciplinarte (¡de vez en cuando!), aprende a manejar el ordenador (es tu segundo cerebro, un jefe dixit). Aunque la razón definitiva se la escuché a ella:”Compartir es vivir”.

Comparto pues estos escritos míos. Yo, que no he visitado muchos blogs (ocasionalmente de amigos o de cocina), que nunca he escrito un comentario en ninguno de ellos, quien no ha escrito a tecla sus poemas y relatos hasta hace pocos meses, no quisiera que vosotros, posibles lectores, fuerais como fui hasta ahora, hasta este agosto de 2010. En Granada. Y como en toda negación hay un aserto, sí quisiera hacer de este blog una cosa-pública (res publica) de aquello que vengo escribiendo últimamente, relatos sobre todo, invenciones que sugieran ser un mundo en sí, expresión del cóctel que es Rubén de Vera y expuestas, por tanto, a nuevos ingredientes y combinaciones.

Que me encantaría que me leyerais y me comentarais, vaya.

Un saludo

lunes, 30 de agosto de 2010

Mirar hacia fuera

“Hay ventanas que miran hacia fuera y las hay que miran hacia dentro”, masculló F. antes de entrar en la sala de interrogatorios, donde un hombre alto, fornido, de perfil anguloso y labios rajados y excesivos esperaba altanero a su abogado. Él sabía lo que se sentía, no porque hubiera estado preso o hubiera sido sospechoso de algún delito anteriormente; al contrario, ni siquiera le habría dado tiempo puesto que, ya con 17 años, se alistó en el ejército marino para escapar de un pueblo demasiado al interior con el fin de respirar aires limpios, allá, en la sierra de Castril, entre nieve, rocas y caminos de tierra. Aunque “F., le había repetido su mujer, nadie escapa del cementerio si hay enterrador”. Y ese hombre se parecía a un enterrador, no en la cara, no en el cuerpo ni en la mirada, sí en un detalle tan insignificante que aún no lo había verbalizado pero que le provocó torcer el gesto y quedarse paralizado ante la ventana que sólo mira hacia dentro, frío como un témpano y sin respiración.


“Miro hacia dentro gran hombre”. Ésas eran las palabras que F. le escuchaba a su padre cuando, tras cualquier desliz infantil, le encerraba en el placar de aquella casa gigante heredada tras la Guerra Civil por la precipitada huida de una familia rica de la región que, sin más vacilaciones, marchó a EEUU, donde se resentirían las cuentas pero no la salud. “Miro hacia dentro y no sabes cuándo, ni cuánto tiempo; vas a estar ahí hasta que pagues tu deuda, gran hombre”, le airaba el padre, también funcionario del cuerpo de la guardia civil como su abuelo y varios padrinos del pueblo. Él se resignaba a permanecer maniatado y encerrado en ese armario, como un acusado que se sabe culpable y al que sólo hay que arrancar una confesión.

“¿Te crees un gran hombre, eh?”, le espetó al sospechoso. El pomo había girado su mano y la puerta movido su pie. Una gota de sudor le corrió por la espalda al tiempo que reculaba y daba un portazo. Fue recién cumplidos los 19 cuando F. decidió hacerse policía, tras salir disparado por la luna delantera de un coche prestado y sobrevivir, no gracias a un milagro, sino a una sólida estructura ósea y una cabeza tan dura como el mármol; Policía… solventaba así su conciencia emulando al padre y la ventana de Pandora quedaba hecha añicos. Dos años pasados por ron y drogas no le anestesiaron una continua propulsión muscular que había formado, casi por espontaneidad, una figura atlética y poderosa de peso pesado y ágil, lista para el gran salto al cuerpo especial de homicidios y a la intervención directa, cuerpo a cuerpo frente a campeones del mundo del hampa, del tiro al gatillo y el lanzamiento de mierda; cara a cara con enterradores del alma, con un dedo menos, el corazón, arrancado y metido por el culo de sus primeras víctimas como un rito inaugural y una advertencia: no somos como vosotros, no tenemos piedad. Por eso, lo primero que hizo cuando el sudor abrasaba y la tensión enloquecía, cuando creyó ver cuatro dedos en la mano izquierda de aquel hombre y cayó en la cuenta de su padre, lo primero que hizo fue aullar y darle patadas y estrellarle la cabeza contra la ventana, y pudo, al fin, mirar hacia fuera.